guarellooo32-1
Publicado 13 febrero 2012

Columna de JC Guarello: “Matar el fútbol”

Porque si usted afina la vista se da cuenta que la violencia ha ido desbordando el sector de los organizados. Que el ambiente ácido se va, como un cáncer, propagando hacia todos los sectores.

Parece que llegamos a un punto donde los lugares comunes se agotaron. Decir a esta altura que “se necesita mano dura”, “todo el rigor de la ley”, “terminar con los delincuentes infiltrados”… En definitiva, todas las cosas que usted escucha cada vez que hay incidentes en el fútbol en los últimos 25 años. La parte legal, preventiva y luego represiva deben verla los expertos. Hay dos plataformas evidentes para entender el fenómeno: Argentina para comprender la estructura de las barras bravas y su relación con los clubes; Inglaterra para aprender la manera en que el fenómeno puede ser enfrentado y luego derrotado con costos monetarios y sociales altísimos para el país. En Argentina el número de espectadores muertos en los estadios por la violencia en el fútbol superaba los 250 el 2010, en Inglaterra los 96 fallecidos en Hillsborourg en 1989 decidieron a las autoridades a actuar de una vez por todas.

En Chile todavía no muere nadie en los estadios mismos (no tomamos en cuenta los accidentes, como el del Sudamericano de 1955), aunque ya existen víctimas por rencillas entre barristas que por casualidad han sido fuera de los recintos. Todavía no pasa, pero es un hecho que en cualquier momento va a pasar. El viernes pudo ser ese fatídico día en que alguien pudo morir en un estadio chileno. Si el delincuente que tiró las bengalas de fragmentación le acertaba a un jugador o espectador, comenzábamos nuestra cuenta negra (me pregunto cuántos aficionados al fútbol de verdad, esos que estaban ahí para disfrutar del partido, se fueron de Santa Laura prometiendo no volver nunca más al estadio).

Porque si usted afina la vista se da cuenta que la violencia ha ido desbordando el sector de los organizados. Que el ambiente ácido se va, como un cáncer, propagando hacia todos los sectores. Y, lo que es más grave y el síntoma definitivo de la enfermedad, se metió a la cancha. En el último año al menos cinco partidos han sufrido invasiones de hinchas desaforados.

Señores que, por a o b, se sienten con el derecho de profanar el recinto sagrado, ese rectángulo de pasto, para expresar su desacuerdo o ira con la administración de este o ese equipo. Tarados que por la venta de ese jugador o por el precio de una entrada, no encuentran nada mejor que ensuciar lo poco limpio que va quedando en este deporte: la cancha.

Y lo del viernes fue el momento culminante: no sólo interrumpo el juego, además pongo en riesgo la vida de los protagonistas, incluidos los de mi equipo, los de esos colores que yo, a mandíbula batiente y como llorona de telenovela, juro hasta las lágrimas y el grito irracional amar más que la vida.

Son los grandes farsantes y pelotudos del fútbol. Como ese guatón flaite que tiró las bengalas y se cree gran cosa. Ese que se siente un héroe porque interrumpió un partido y, a través de la cobardía de las redes sociales con nombres anónimos, reivindican el amor al fútbol y la pasión por una camiseta. Cuando terminen de matar este deporte tan lindo van a ser felices. Pero ellos pueden estar tranquilos. Nada, salvo los lugares comunes que se escuchan una y otra vez, pretende detenerlos por el momento.

 
© Copyright 2009 Grupo Publimetro

Venta de Publicidad: 56 2 421 5900 ó comercial@publimetro.cl