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Publicado 24 julio 2010

Opinión: Toque, toque, toque

Juan Cristóbal Guarello, director de la revista El Gráfico, analiza el juego que vemos semana a semana en las canchas chilenas. Lee y comenta aquí.

En los ‘70 era normal que cada equipo tuviera tres o cuatro jugadores buenos para la pelota. Desde los más encumbrados a los más sencillos, siempre había hombres dotados técnicamente que “movían la gallina” lucidamente. No era raro ver partidos sosegados, de escasa fricción y mucho toque. Para allá, para acá, sube, baja, al ritmo del reloj de arena. Ese fútbol coqueto era muchas veces ineficiente. El balón se amasaba como una marraqueta, pero demoraba tres años en llegar al arco contrario. Todo muy lindo, pero también muy anunciado.

Por eso que los equipos que cambiaban de ritmo (Colo Colo de Luis Álamos, Everton de Pedro Morales, Palestino de Caupolicán Peña), marcaban tanta diferencia. Al buen trato de balón sumaban aceleración. Toque, toque, toque, cambio de marcha… Tres cortas y una larga.

Siempre hubo críticas por la lentitud de nuestro fútbol. Mejoró en las décadas siguientes pero nunca sentimos que el ritmo y la velocidad del juego en Chile se acercara al modelo europeo o al menos argentino (Colo Colo el ‘91 rompió el esquema por un rato).

Por eso es que una de las falsedades que más se han proclamado en los últimos tiempos es el “cambio de velocidad del fútbol chileno”. Si uno mira el campeonato se da cuenta que esto no sólo es una fantasía, incluso se juega más lento que hace unos diez años. Tras ver los encuentros entre Universidad de Chile con Ñublense y Colo Colo frente a O’Higgins queda claro que la velocidad de nuestro balompié no es un kilómetro más rápida que las apacibles jornadas dobles mixtas de Santa Laura en 1976. Alguien puede argumentar que con el Mundial en la retina la comparación resulta desoladora. Pero este análisis va mucho más allá de ese facilista ejercicio. Veamos a Colo Colo por ejemplo: Riffo, Meléndez, Sanhueza, Torres, Wilchez… Salvo algunos arranques de Macnelly, todos juegan al tranco. Uno, porque es más cómodo así; dos, porque los rivales se lo permiten. La única aceleración está en los descuelgues de Fuenzalida y en los piques de Miralles. Los demás al ritmo del vals.

Se juega lento acá, en ningún caso más rápido que hace 30 años, no nos mintamos, pero lo grave es que la media de los jugadores son técnicamente inferiores a los de antaño. Es decir, al toque, pero con muchos pases al rival. No se trata de correr y meter como locos, tipo selección de Eslovenia o Australia, donde todos corrían pero nadie sabía a dónde. Se trata simplemente de manejar las distintas velocidades que tiene el fútbol, donde acelerar en los metros finales es fundamental. Pero ese cambio de velocidad hay que hacerlo con precisión, ahí es donde la técnica manda. Jugar de primera en el medio terreno es papita, ser profundos al toque es complicado.

Por el momento nos quedamos con el baby fútbol y algunas proclamas interesadas. La verdad es que muchas veces la pelota llega casi sin cascos al arco rival de tanto paseo.

 
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